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Codornices a la toledana
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Viejo 11/mar/05, 13:01
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Predeterminado Codornices a la toledana


Codornices a la toledana
(por Chus Villarroel, Fray Escoba)

Junto a mí, tabique por medio, vive un matrimonio, digo yo, que tiene un niño de unos tres años. Calculo la edad por el tiempo que lleva llorando. Lo hace de continuo, sobre todo de noche. A mí siempre me ha parecido un llanto extraño, no es de dolor ni sufrimiento, sino de otra cosa. La aclaración me llegó muy pronto. Marujeaba yo un día con una vecina que subió a enseñarme una receta de cocina. Salió la conversación:

-“Ese niño, me dijo, no llora de dolor, llora de rabia, para llamar la atención.
-¿Sí?
-Sí.
-Entonces será porque sus padres no le atienden y se sentirá muy solo...
-No sé, me replicó, pero hay niños que hacen eso; por algo será...
-Si te digo la verdad, ese niño me ha hecho pensar muchas noches en el pecado original. Cuando no me deja dormir y chilla como un condenado, digo: ¡Qué cantidad de pecado original debe de tener ese niño!

Se me quedó mirando la mujer con esos ojazos negros que tienen algunas toledanas. En aquel momento no supe bien si me estaba despreciando o si quería largarse de mi piso; lo cierto es que se puso en silencio a pelar y limpiar unas zanahorias.

-¿Qué te pasa, mujer, te has quedado muda?, le dije.
-No, muda no, me contestó, pero ¿qué tiene que ver el llanto de un niño con el pecado original?
-Mucho. Más de lo que tú te crees. Estos días pienso mucho en ese pecado y veo que lo invade todo. Somos hijos de ese pecado. Si tu abuelo y tu abuela se llevaban mal, tú estas sufriendo las consecuencias. El pecado original nos configura lo mismo que se configura un ordenador.

Esta chica no es una cualquiera. Estudió filosofía y, aunque ahora no ejerce como profesora porque quiere dedicarse a tiempo pleno durante unos años a cuidar a sus tres hijos, conserva la clase y la calidad de su educación. Pienso que tendrá unos treinta y cinco años. Hablo con ella en el ascensor y, a veces, en algún supermercado. Lo que intuyo en ella es que es buena filósofa, pero me pega que tiene poco cariño por la teología. Sólo la he visto en la iglesia en primeras comuniones. En algún tipo de trascendencia sí que cree, mas a esos niveles tiene un gran barullo mental.
-¿Tus hijos no lloran?, pregunté por hablar de algo.
-No, les doy mucho cariño, me replicó sonriendo. Y añadió con un deje de retintín: Los míos no tienen pecado original.
-Al pecado original no lo mata ni el cariño. Es como una hidra, que si le cortas la cabeza le salen dos.

Al mencionarle sus hijos le fue interesando el tema. Sus comentarios se ceñían a un interrogante: ¿Qué consecuencias puede traer el pecado original para sus hijos? Me di cuenta de que no podía soportar la idea de que sus hijos estuvieran manchados o fueran culpables de alguna cosa. Los defendía con uñas y dientes. Pese a todo, yo no tenía interés en dar ninguna conferencia sobre el pecado original. Por eso volví a la receta de las codornices que es lo que me interesaba aquella mañana.

-Le dije: Dame la receta entera para que la apunte y tenga una idea de lo que estás haciendo.
-Es muy sencillo. En esta cazuela ponemos aceite, un poquito de cebolla picada, zanahoria bien picadita y ajos. Una vez que esté bien pochado todo, le añadimos pimentón, vino, laurel y las codornices, y lo dejamos que se cueza todo junto.

Comenzó la operación con mucho remango. Ella quería poner más cosas, pero yo le dije que a los del norte no nos gustaban las hierbas. Pasados unos momentos me dice:

-No me vas a dejar ahora a medias con el tema del pecado original. A mí no me cabe en la cabeza que mis hijos tengan algo que ver con esa historia de que Adán y Eva se comieron una manzana prohibida.
-Cada día, le respondí, nos comemos todos muchas manzanas prohibidas. No es un tema de manzanas sino de límites. No nos gusta que nos limiten, que nos priven de nada. Si a uno de tus hijos le pones en una habitación con quince juguetes y le dices: “juega con todos estos juguetes, pero con este osito rojo no, ni lo toques…; cuando te sales de la habitación y miras por el agujerito de la llave, ¿qué juguete tiene el niño en la mano?
-El osito rojo, seguro.
-¿Lo ves? Al ser humano las limitaciones no le gustan. Es fácil creer que el que te limita, te pone coto, te da normas, es un tirano y no te quiere. Imagínate que entra la culebra en la habitación donde está tu hijo...
-No, eso ni me lo digas, me da algo.
-Imagínatelo simplemente. Va la culebra y le dice al niño: “¿ves? tu mamá no te quiere. Te prohibe jugar con el osito rojo que es el más bonito de todos los juguetes”. Seguro que el niño se defenderá y dirá: “Mi mamá sí me quiere”; pero la sospecha le queda dentro como una mala siembra. Esta sospecha le hace mal al corazón del hombre. San Pablo llega a decir que esta sospecha, estimulada por el precepto, suscitó en nosotros toda clase de concupiscencias (Rm 7, 8).
-No lo entiendo bien.
-Quiere decir que esa sospecha activó la concupiscencia en el hombre, dormida hasta entonces por la amistad con Dios, y de ahí brotaron la rebeldía, la soberbia, el egoísmo, la autonomía. El ser humano grita: “Fuera límites, fuera prohibiciones”. “¿Por qué no voy yo a abortar si mi cuerpo es mío?¿Por qué no voy a hacer uso de la eutanasia?” Se abusa de los niños, se maltrata a la mujer, y los hermanos se matan. Como Caín y Abel. Hoy hay montones de personas que ven a Dios como limitación y se alejan de él y entran, como dice el Papa, en una cultura de muerte disfrazada de progreso y bienestar. Por eso dice San Pablo que la muerte es la paga del pecado.
-Vale, respondió la chica, pero ¿por qué la limitación?
-Porque el hombre es una criatura y si se sale de sus límites se destroza. Eso es lo que quiere decir el relato de la torre de Babel. Piensa lo que pueden significar en el futuro los abusos en biogenética, en los alimentos transgénicos, en las armas de destrucción masiva, en la contaminación atmosférica. No es bueno hacer todo lo que se puede hacer; para eso se nos ha dado la inteligencia. Vamos por un camino que, de seguir así, y es difícil evitarlo, no sólo nos vamos a comer muchas manzanas sino el Árbol de la ciencia del bien y del mal todo entero.

La mujer se calló, pensativa. Seguía trajinando con las codornices. ¿Por qué hechas el vino tan tarde? Le pregunté. Después de un poco me dice: “Es que el vino endurece la carne y hay que tener cuidado. Podíamos haberlas cocido antes en otro cacharro o echar agua, pero saben peor”. Sin embargo, ella no estaba en las codornices, estaba en el pecado original y, por eso, insistió:

-Y eso que me dijiste antes de que si mi abuelo y mi abuela no se llevaban bien yo lo sufro y lo llevo dentro, ¿qué tiene eso que ver con el pecado original?
-Es que el pecado original es un pecado de transmisión. Se nos transmite de generación en generación. De ahí que todos nacemos con él. Si has tenido progenitores borrachos o drogadictos, tú lo sufres ahora. Los sufrimientos de tus antepasados, sus enfermedades, las opresiones sufridas, han dejado algún tipo de herencia en ti. La vieja teología, aún sin saber nada de las leyes de la genética y del genoma, siempre habló de que estamos ante un hecho de herencia, de contagio por engendramiento.
-Me estás diciendo cosas terribles. O sea, ¿que mis hijos no son ni están tan limpios e inocentes como yo me pensaba? Yo siempre los creí inocentes.
-Y lo son. No te preocupes. Por el pecado original no es condenado nadie. Sólo por los pecados personales sufrimos el reato de la culpa. Sin embargo, la inclinación al mal, a la soberbia y al egoísmo, la arrastramos todos. También tus hijos. La teoría de la bondad natural de Rousseau es una ideología y va contra la experiencia. Lo malo es que creen en ella gran parte de los pedagogos españoles. A los niños hay que educarlos y hacerles conscientes de que no es lo mismo el bien que el mal. Hay que educarlos y también bautizarlos para que el Espíritu Santo nos ayude en esa educación hacia el bien.
-Si seguimos se me indigestan las codornices, protestó ella con una sonrisa. De todas formas, como teoría, me encanta. Nunca he tenido la ocasión de hablar de tú a tú de estas cosas con nadie. Lo de la manzana siempre me pareció una tontería. Yo apenas tengo fe y reconozco que soy muy frívola, ya que la realidad está ahí y no la podemos negar. Esta conversación me ayuda porque me confirma en que he hecho bien en dejar mi trabajo para dedicarme unos años a mis hijos.

A estas alturas, las codornices estaban hechas. Probé la salsa, riquísima. Ella decía que no era muy amiga de comerse pajaritos, pero tenían un aspecto más que apetitoso. Además ligeramente picantillas, con mucha gracia. “El secreto está en echarles un ochenta por ciento de pimentón dulce y el resto picante”, me confió. Dos horas se nos habían ido en este trajín. La chica, ya con toda confianza, estaba a gusto, le encantaba conversar y se había entregado al “kimochi” del momento. No tenía prisa por bajar a su tercer piso:

-Si me viera mi madre charlando con un cura en la cocina de los curas, se moría de emoción.
-¿Dónde vive tu madre?
-En un pueblo de Toledo, cerca de Ajofrín.
-Y ¿por qué tanta emoción?
-Porque es muy religiosa y a mí siempre me ha tenido como la oveja negra de la familia.
-Yo no te veo tan negra.
-Eso era antes. Ahora ya está convencida de que estoy asentando la cabeza.

No tenía muchas ganas de marcharse. Los hijos estaban en el colegio y en la guardería y no tenía agobios. A mí tampoco me estorbaba. Al contrario, sentía que, gracias a ella, yo había formulado ciertas cosas sobre el pecado original que me daban claridad a mí mismo. Se lo hice saber y me respondió:

-Es que eso que me has dicho, tú no lo has aprendido en los libros; ahí hay vida condensada y seguro que te lo da la fe.
-Supongo que sí.
-Tienes suerte con tener fe. Yo estoy muy floja y por eso le quito trascendencia a todos mis actos. Vivo de una forma muy superficial.
-Bueno, le respondí dulcificando un poco su espontaneidad, para ti ahora lo importante es que eduques bien a los hijos para disminuir en lo posible las consecuencias del pecado original en ellos. ¿Sabes lo que peor llevo del pecado original? Cuando los padres, antes de que los niños tengan uso de razón, les trasmiten ya odios políticos, rechazos religiosos, viejas heridas de familia. En España mismo, sin ir más lejos, hay niños a los que, a los diez años, ya se les ha trasmitido mucho odio. Este hecho es mucho peor que cualquier violación. Desde niños les han separado de Dios y de los demás. Ya nunca podrán ver la vida con ojos limpios. También la cultura es, a veces, un terrible vehículo de trasmisión de pecado original.
-Ahora entiendo por dónde va este tema.¡Qué real es el pecado original!, sentenció. Estas cosas me aterran.

En ese momento la llamaron al móvil. Era su marido, que venía a comer a casa con dos amigos. Se puso furiosa:

-No tengo nada preparado. Son unos egoístas.
-No te preocupes, mujer, llévate las codornices.
-Y vosotros ¿qué?
-Sacaré del arcón cualquier cosa.
-Mi marido me hace muchas de éstas. Además, no son amigos, son unos amigotes. Te aseguro que se van a tragar las codornices y el pecado original todo entero. Les voy a dejar claro que se están comiendo muchas manzanas a mi costa.



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