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LA POLICIA: RECUA DE DELINCUENTES Y SOPLONES
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Viejo 11/ago/00, 00:12
mario_lino_malc
Novato
 
Fecha de ingreso: 19/sep/05
Mensajes: 54
Predeterminado LA POLICIA: RECUA DE DELINCUENTES Y SOPLONES

LA POLICIA
Si los agentes subalternos de la policía infunden odio al servir las pasiones políticas, suelen granjearse la admiración por su buen sentido y su equidad al ejercer las funciones propias de su institución basada en el espionaje, la delación, el soborno y la tortura, a la encargada de proveer cárceles, penitenciarías, galeras y patíbulos.
Difícilmente se concibe una sociedad en que el individuo carezca de opiniones y vegete años tras años, ajeno a las luchas de los partidos, guardando su ecuanimidad en las tremendas conmociones sociales. Mientras haya Estado y gobiernos, se hará política en toda reunión de ciudadanos, aunque se junten con fines científicos, religiosos, artísticos, humanitarios, industriales, financieros o deportivos.
¿Cómo soñar, entonces, en el advenimiento de una institución formada por hombres sin flaquezas humanas? Constituyendo la policía un arma tan poderosa como el ejército, siendo algunas veces más útil que el soldado, no se concibe que el político deje de aprovechar de guardas y polizontes.
Desde los primeros años, casi desde la cuna misma, el policía amarga y entristece la vida del hombre, que si antiguamente asustaban al niño con diablos, aparecidos y brujas, hoy le amenazan con el guardia de la esquina.
Aquí, en el Perú, desde el Ministro de Gobierno hasta el soplón (sin olvidar a prefectos, intendentes, comisarios, inspectores, guardias ni carceleros), todos valen lo mismo, todos esconden ponzoña de igual virulencia. No sirven para conservar el orden público sino para defender a los gobiernos abusivos; que los presidentes, en vez de entregar a ciertos individuos a la justicia, les mandan a ejercer funciones en la policía. El exactor recibe una prefectura; el torcionario, una intendencia; el rufián, una comisaría, etcétera. Corporación tan bien seleccionada, persigue a los adversarios del gobierno, inventa conspiraciones, practica el chantaje, provoca motines, apalea escritores, arrasa imprentas, viola mujeres, tortura presos, hurta lo robado, asesina en los caminos al culpable y al inocente...
El agente de policía, el funcionario conocido en Lima con el apodo de cachaco, representa el último eslabón de la ominosa cadena formada por Ministros de Gobierno, el prefecto, el subprefecto, el comisario, el inspector. Sin embargo, nadie más abusivo, más altanero ni más inexorable que el cachaco: hormiga con presunciones de elefante, rabo con orgullo de cabeza. Sigue por ley: bajeza ante el superior, altivez con el inferior. Todo humildad ante la gran dama y el gran señor, todo soberbia ante la tímida chola, el pobre negro y el infeliz chino.
Nace del pueblo, vive en la intimidad con la muchedumbre, conoce las miserias de los desheredados, y se declara su enemigo implacable. ¡Con qué satisfacción enrojece su vara en la cabeza de un borracho inconsciente! ¡Con qué regocijo descarga su rifle contra el pecho de un huelguista inerme! ¡Con qué delicia palomea desde una torre al revolucionario vencido y fugitivo! Palpa el odio justo de las muchedumbres, y se venga.
No comprendemos cómo, habiendo tanta manera de ganar honradamente la vida pueda un hombre afiliarse a la policía. ¿Qué decir del pobre indio motoso, plantado en una esquina y figurándose ejercer una función gloriosa y envidiable? Quisiéramos apercollarle, sacudirle y gritarle: si guardas un resto de pudor y dignidad, si no has perdido el último rezago de vergüenza, sé todo lo que en el mundo pueda ser un hombre, todo, menos agente de policía. Dedícate al oficio más bajo y menos limpio: deshollina chimeneas, barre calles, recoge basuras, guarda cerdos, desatora albañales y conduce abrómicos, porque despidiendo malos olores, chorreando inmundicias, aparecerás menos hediondo y más limpio que instalado en una esquina, con tu vestido caqui, tu gorra blanca y tu vara de la ley.
MANUEL GONZALEZ PRADA.- Obras Completas. tomo II, Volumen 3, ediciones COPE, Lima –Perú, págs 327 – 331
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