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#1
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La confección en serie.
Me ocurrió hace varias semanas un hecho trágico. Cuando un hombre casado se queda sin mujer, se dice que es viudo. Pues bien, estoy viudo desde hace cinco días. ¡¡Alto!!; no se apresuren a darme el pésame; mi mujer sigue con vida. Me explico. Me ha dejado solo para irse con su madre que se encuentra indispuesta y claro, yo estoy desolado y no es para menos. Fíjense ustedes que estoy a punto de agotar los calcetines, las mudas interiores y las camisas. Como me encanta la comodidad la telefoneo todos los días para preguntar por la salud de mi suegra. Va mejorando pero, de regresar, ni flores; no me atrevo a preguntárselo por temor a que imagine sabe Dios qué. Tengo un hatillo de ropa que decidí llevar a la tintorería a última hora, tan a última hora que ya estaba cerrada cuando llegué. Pese a que escogí las calles más oscuras y menos transitadas tuve la suerte de encontrarme con Ramón Beltrán, el arrocero de quien ya les he hablado alguna vez. -- Hombre, Bau, mala noche has escogido – comentó, mirando al hatillo. -- ¿Qué quieres decir? – pregunté extrañado. -- No hay Luna llena – respondió, bajando la voz. -- Bueno ¿ y qué? – dije también en voz baja, mirando aprensivo a un lado y otro de la calle vacía. -- ¿Cómo que y qué? – preguntó irónico – Que en el monte no verás ni los árboles y menos las vaquillas. Estuve tentado a darle con el hatillo en la cabeza, me contuve porque Ramón creo que tiene un megáfono en la garganta, como corresponde a un armario de su estatura, y no deseaba despertar a los vecinos. Me horrorizan los escándalos. -- Venga, Bau, no pongas esa cara, era una broma, hombre – rió estentóreo. -- Ya sé que era una broma – respondí, con sonrisa de circunstancias. Me entretuvo más de una hora hablándome de la marea negra. Poco después nos despedíamos y continué mi camino apresurando el paso porque amenazaba tormenta. Acababa de cerrar el portal cuando cayó el primer misil y se fue la luz. Imagínense ustedes subir una escaleras desconocidas a oscuras; al sacar el llavín se deslizó de mis manos, rebotó en la puerta del ascensor y cayó por el hueco de la escalera. Permanecí inmóvil como si confiase que el llavín subiese o esperase oírle quejar. Cuando oí el golpe del hierro en la profundidad de la escalera, pensé: -- ¡¡Se mató!! Idea terriblemente estúpida pero perfectamente natural. Fue una idea concatenada, ya saben, caerse de un andamio va asociado a la idea de la muerte. Estoy seguro de que nadie confesaría esta idea con tanta naturalidad como yo. Advierto esto para que crean en la veracidad de lo que voy a explicarles. Comencé a bajar las escaleras calculando que el llavín estaría más o menos entre el primer piso y el portal. Dejé el hatillo y descendí cuidadosamente. No llevaba cerillas ni mechero porque no fumo. Cuando calculé que estaba en el primer piso, continué bajando de espalda, tanteando los escalones de uno en uno. Llegué al portal, que limpié íntegramente, pero el llavín no apareció. Por lógica deducción cabía pensar que el llavín se había detenido antes del primer piso. Volví a subir, pero nada, no aparecía el llavín. Me enderecé, estaba convencido de que tenía piedras en los riñones. No podía llamar en mi piso porque mi mujer no estaba. Completamente desorientado me dije: -- Volveré al portal y contaré los rellanos. No bien descendí ocho escalones, me encontré en el portal. Llovía a cántaros, ululaba el viento y el cielo atronaba. Pese a todo pensé decidido: -- Me voy a cenar a casa Mouriño, cruzo la calle y, como tiene luz de emergencia cuando acabe de cenar ya habrá vuelto la luz. Abrí la puerta, pero no pude salir, porque la verja se abre eléctricamente pulsando un botón. De nuevo comencé la ascensión contando los rellanos. Al tercer rellano supe que estaba en mi piso y tanteé buscando el hatillo. Nada. No había hatillo y éste no eran un llavín por lo tanto no estaba en el tercer piso; al subir cinco escalones más se me acabó la escalera. -- ¡¡Imposible!! – murmuré espantado extendiendo los brazos por todos lados; dondequiera que tocase, todo pared. Al bajar otra vez al portal conté doce rellanos. -- No puede ser – me dije casi sollozando – el edificio solo tiene seis pisos. Respiré profundamente para serenarme, pensando que quizá me había equivocado al contar. En mi nueva tentativa de ascensión no reconocí los escalones, todos eran desiguales. Unas veces, al levantar el pie crecía uno de ellos hasta casi un metro y otra veces era tan bajito que pegaba una patada en el suelo y retumbaba como un cañonazo a dúo con el tronar de la tormenta. Nerviosamente seguí subiendo, sudaba a chorro, llevaba contados treinta y nueve rellanos cuando me detuve nuevamente espantado. Ningún edificio de Valencia tiene treinta y nueve pisos me dije. ¿Estaría soñando? Me pellizqué con todas mis fuerzas. -- ¡¡Ay!! – bramé de dolor, sentándome en un escalón mientras me frotaba el brazo. -- Pero ¿en donde estoy? – me pregunté, pensando en los rascacielos - ¿En Nueva York? Y si estoy en Nueva York ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Y que hago yo ahora sin saber inglés? -- ¡¡Tranquilo, tranquilo!! – me decía – Procura recordar... no te gusta volar, por lo tanto seguro que no has tomado el avión. -- ¿El barco? – me pregunté. -- Ni ayer, ni hoy ni esta semana, ni en este año he subido a un barco – me contestaba – y menos lo tomaría después del naufragio del Prestige. Pero entonces oí unas fuertes pisadas allá abajo. Fueron subiendo y estaban acercándose más cuando grité: -- ¿Quién va? El que fuera se detuvo. Una voz que parecía de ultratumba inquirió miedosa: -- ¿Quién anda ahí? -- ¿Y ahí? – pregunté tozudo Se hizo el silencio. La voz preguntó de nuevo: --¿Qué hace usted? -- Me he extraviado – respondí. -- Ya – contestó el hombre en la oscuridad. Luego escuché cierto ruido metálico, vi unas chispas y oí la tapa de un encendedor que se cierra seguido de una blasfemia. -- En fin – volvió a comentar el hombre invisible – ¿dónde está usted? -- Creo que estoy en Nueva York, pero soy español como usted –respondí amigablemente. -- Entonces ¿es usted un ladrón? –preguntó - Hable con franqueza -- No, no soy un ladrón...le prometo, en fin, que puede subir tranquilo. -- ¡¡Y una leche!! – exclamó. Y oí que bajaba las escaleras de cuatro en cuatro. Pensé, o es un gato que habla o se va a romper la crisma. Me quedé dormido y me despertó la luz de la escalera al encenderse de repente. El hatillo no apareció. He tenido que reponer vestuario. Esta mañana me he dado cuenta, al cruzarme con el vecino del cuarto piso que se ha comprado una camisa y unos calcetines igualitos a los que perdí. Ya se sabe que la confección en serie origina estas casualidades. Saludos. |
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#2
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> Bauprest ha escrito:
> La confección en serie. > > Me ocurrió hace varias semanas un hecho trágico. > Cuando un hombre casado se queda sin mujer, se dice que es viudo. Pues bien, estoy viudo desde hace cinco días. ¡¡Alto!!; no se apresuren a darme el pésame; mi mujer sigue con vida. Me explico. Me ha dejado solo para irse con su madre que se encuentra indispuesta y claro, yo estoy desolado y no es para menos. Fíjense ustedes que estoy a punto de agotar los calcetines, las mudas interiores y las camisas. Como me encanta la comodidad la telefoneo todos los días para preguntar por la salud de mi suegra. Va mejorando pero, de regresar, ni flores; no me atrevo a preguntárselo por temor a que imagine sabe Dios qué. > > Tengo un hatillo de ropa que decidí llevar a la tintorería a última hora, tan a última hora que ya estaba cerrada cuando llegué. Pese a que escogí las calles más oscuras y menos transitadas tuve la suerte de encontrarme con Ramón Beltrán, el arrocero de quien ya les he hablado alguna vez. > > -- Hombre, Bau, mala noche has escogido – comentó, mirando al hatillo. > -- ¿Qué quieres decir? – pregunté extrañado. > -- No hay Luna llena – respondió, bajando la voz. > -- Bueno ¿ y qué? – dije también en voz baja, mirando aprensivo a un lado y otro de la calle vacía. > -- ¿Cómo que y qué? – preguntó irónico – Que en el monte no verás ni los árboles y menos las vaquillas. > > Estuve tentado a darle con el hatillo en la cabeza, me contuve porque Ramón creo que tiene un megáfono en la garganta, como corresponde a un armario de su estatura, y no deseaba despertar a los vecinos. Me horrorizan los escándalos. > > -- Venga, Bau, no pongas esa cara, era una broma, hombre – rió estentóreo. > -- Ya sé que era una broma – respondí, con sonrisa de circunstancias. > > Me entretuvo más de una hora hablándome de la marea negra. Poco después nos despedíamos y continué mi camino apresurando el paso porque amenazaba tormenta. Acababa de cerrar el portal cuando cayó el primer misil y se fue la luz. > Imagínense ustedes subir una escaleras desconocidas a oscuras; al sacar el llavín se deslizó de mis manos, rebotó en la puerta del ascensor y cayó por el hueco de la escalera. Permanecí inmóvil como si confiase que el llavín subiese o esperase oírle quejar. Cuando oí el golpe del hierro en la profundidad de la escalera, pensé: > -- ¡¡Se mató!! > Idea terriblemente estúpida pero perfectamente natural. Fue una idea concatenada, ya saben, caerse de un andamio va asociado a la idea de la muerte. Estoy seguro de que nadie confesaría esta idea con tanta naturalidad como yo. Advierto esto para que crean en la veracidad de lo que voy a explicarles. > > Comencé a bajar las escaleras calculando que el llavín estaría más o menos entre el primer piso y el portal. Dejé el hatillo y descendí cuidadosamente. No llevaba cerillas ni mechero porque no fumo. Cuando calculé que estaba en el primer piso, continué bajando de espalda, tanteando los escalones de uno en uno. Llegué al portal, que limpié íntegramente, pero el llavín no apareció. Por lógica deducción cabía pensar que el llavín se había detenido antes del primer piso. Volví a subir, pero nada, no aparecía el llavín. Me enderecé, estaba convencido de que tenía piedras en los riñones. No podía llamar en mi piso porque mi mujer no estaba. Completamente desorientado me dije: > > -- Volveré al portal y contaré los rellanos. > > No bien descendí ocho escalones, me encontré en el portal. Llovía a cántaros, ululaba el viento y el cielo atronaba. Pese a todo pensé decidido: > > -- Me voy a cenar a casa Mouriño, cruzo la calle y, como tiene luz de emergencia cuando acabe de cenar ya habrá vuelto la luz. > > Abrí la puerta, pero no pude salir, porque la verja se abre eléctricamente pulsando un botón. > De nuevo comencé la ascensión contando los rellanos. Al tercer rellano supe que estaba en mi piso y tanteé buscando el hatillo. Nada. No había hatillo y éste no eran un llavín por lo tanto no estaba en el tercer piso; al subir cinco escalones más se me acabó la escalera. > > -- ¡¡Imposible!! – murmuré espantado extendiendo los brazos por todos lados; dondequiera que tocase, todo pared. > Al bajar otra vez al portal conté doce rellanos. > -- No puede ser – me dije casi sollozando – el edificio solo tiene seis pisos. > > Respiré profundamente para serenarme, pensando que quizá me había equivocado al contar. En mi nueva tentativa de ascensión no reconocí los escalones, todos eran desiguales. Unas veces, al levantar el pie crecía uno de ellos hasta casi un metro y otra veces era tan bajito que pegaba una patada en el suelo y retumbaba como un cañonazo a dúo con el tronar de la tormenta. Nerviosamente seguí subiendo, sudaba a chorro, llevaba contados treinta y nueve rellanos cuando me detuve nuevamente espantado. Ningún edificio de Valencia tiene treinta y nueve pisos me dije. ¿Estaría soñando? Me pellizqué con todas mis fuerzas. > > -- ¡¡Ay!! – bramé de dolor, sentándome en un escalón mientras me frotaba el brazo. > -- Pero ¿en donde estoy? – me pregunté, pensando en los rascacielos - ¿En Nueva York? Y si estoy en Nueva York ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Y que hago yo ahora sin saber inglés? > -- ¡¡Tranquilo, tranquilo!! – me decía – Procura recordar... no te gusta volar, por lo tanto seguro que no has tomado el avión. > -- ¿El barco? – me pregunté. > -- Ni ayer, ni hoy ni esta semana, ni en este año he subido a un barco – me contestaba – y menos lo tomaría después del naufragio del Prestige. > > Pero entonces oí unas fuertes pisadas allá abajo. Fueron subiendo y estaban acercándose más cuando grité: > -- ¿Quién va? > El que fuera se detuvo. Una voz que parecía de ultratumba inquirió miedosa: > -- ¿Quién anda ahí? > -- ¿Y ahí? – pregunté tozudo > Se hizo el silencio. La voz preguntó de nuevo: > --¿Qué hace usted? > -- Me he extraviado – respondí. > -- Ya – contestó el hombre en la oscuridad. > Luego escuché cierto ruido metálico, vi unas chispas y oí la tapa de un encendedor que se cierra seguido de una blasfemia. > -- En fin – volvió a comentar el hombre invisible – ¿dónde está usted? > -- Creo que estoy en Nueva York, pero soy español como usted –respondí amigablemente. > -- Entonces ¿es usted un ladrón? –preguntó - Hable con franqueza > -- No, no soy un ladrón...le prometo, en fin, que puede subir tranquilo. > -- ¡¡Y una leche!! – exclamó. > Y oí que bajaba las escaleras de cuatro en cuatro. Pensé, o es un gato que habla o se va a romper la crisma. > Me quedé dormido y me despertó la luz de la escalera al encenderse de repente. El hatillo no apareció. He tenido que reponer vestuario. > > Esta mañana me he dado cuenta, al cruzarme con el vecino del cuarto piso que se ha comprado una camisa y unos calcetines igualitos a los que perdí. > Ya se sabe que la confección en serie origina estas casualidades. > > Saludos. > |
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> Bauprest ha escrito:
> La confección en serie. > > Me ocurrió hace varias semanas un hecho trágico. > Cuando un hombre casado se queda sin mujer, se dice que es viudo. Pues bien, estoy viudo desde hace cinco días. ¡¡Alto!!; no se apresuren a darme el pésame; mi mujer sigue con vida. Me explico. Me ha dejado solo para irse con su madre que se encuentra indispuesta y claro, yo estoy desolado y no es para menos. Fíjense ustedes que estoy a punto de agotar los calcetines, las mudas interiores y las camisas. Como me encanta la comodidad la telefoneo todos los días para preguntar por la salud de mi suegra. Va mejorando pero, de regresar, ni flores; no me atrevo a preguntárselo por temor a que imagine sabe Dios qué. > > Tengo un hatillo de ropa que decidí llevar a la tintorería a última hora, tan a última hora que ya estaba cerrada cuando llegué. Pese a que escogí las calles más oscuras y menos transitadas tuve la suerte de encontrarme con Ramón Beltrán, el arrocero de quien ya les he hablado alguna vez. > > -- Hombre, Bau, mala noche has escogido – comentó, mirando al hatillo. > -- ¿Qué quieres decir? – pregunté extrañado. > -- No hay Luna llena – respondió, bajando la voz. > -- Bueno ¿ y qué? – dije también en voz baja, mirando aprensivo a un lado y otro de la calle vacía. > -- ¿Cómo que y qué? – preguntó irónico – Que en el monte no verás ni los árboles y menos las vaquillas. > > Estuve tentado a darle con el hatillo en la cabeza, me contuve porque Ramón creo que tiene un megáfono en la garganta, como corresponde a un armario de su estatura, y no deseaba despertar a los vecinos. Me horrorizan los escándalos. > > -- Venga, Bau, no pongas esa cara, era una broma, hombre – rió estentóreo. > -- Ya sé que era una broma – respondí, con sonrisa de circunstancias. > > Me entretuvo más de una hora hablándome de la marea negra. Poco después nos despedíamos y continué mi camino apresurando el paso porque amenazaba tormenta. Acababa de cerrar el portal cuando cayó el primer misil y se fue la luz. > Imagínense ustedes subir una escaleras desconocidas a oscuras; al sacar el llavín se deslizó de mis manos, rebotó en la puerta del ascensor y cayó por el hueco de la escalera. Permanecí inmóvil como si confiase que el llavín subiese o esperase oírle quejar. Cuando oí el golpe del hierro en la profundidad de la escalera, pensé: > -- ¡¡Se mató!! > Idea terriblemente estúpida pero perfectamente natural. Fue una idea concatenada, ya saben, caerse de un andamio va asociado a la idea de la muerte. Estoy seguro de que nadie confesaría esta idea con tanta naturalidad como yo. Advierto esto para que crean en la veracidad de lo que voy a explicarles. > > Comencé a bajar las escaleras calculando que el llavín estaría más o menos entre el primer piso y el portal. Dejé el hatillo y descendí cuidadosamente. No llevaba cerillas ni mechero porque no fumo. Cuando calculé que estaba en el primer piso, continué bajando de espalda, tanteando los escalones de uno en uno. Llegué al portal, que limpié íntegramente, pero el llavín no apareció. Por lógica deducción cabía pensar que el llavín se había detenido antes del primer piso. Volví a subir, pero nada, no aparecía el llavín. Me enderecé, estaba convencido de que tenía piedras en los riñones. No podía llamar en mi piso porque mi mujer no estaba. Completamente desorientado me dije: > > -- Volveré al portal y contaré los rellanos. > > No bien descendí ocho escalones, me encontré en el portal. Llovía a cántaros, ululaba el viento y el cielo atronaba. Pese a todo pensé decidido: > > -- Me voy a cenar a casa Mouriño, cruzo la calle y, como tiene luz de emergencia cuando acabe de cenar ya habrá vuelto la luz. > > Abrí la puerta, pero no pude salir, porque la verja se abre eléctricamente pulsando un botón. > De nuevo comencé la ascensión contando los rellanos. Al tercer rellano supe que estaba en mi piso y tanteé buscando el hatillo. Nada. No había hatillo y éste no eran un llavín por lo tanto no estaba en el tercer piso; al subir cinco escalones más se me acabó la escalera. > > -- ¡¡Imposible!! – murmuré espantado extendiendo los brazos por todos lados; dondequiera que tocase, todo pared. > Al bajar otra vez al portal conté doce rellanos. > -- No puede ser – me dije casi sollozando – el edificio solo tiene seis pisos. > > Respiré profundamente para serenarme, pensando que quizá me había equivocado al contar. En mi nueva tentativa de ascensión no reconocí los escalones, todos eran desiguales. Unas veces, al levantar el pie crecía uno de ellos hasta casi un metro y otra veces era tan bajito que pegaba una patada en el suelo y retumbaba como un cañonazo a dúo con el tronar de la tormenta. Nerviosamente seguí subiendo, sudaba a chorro, llevaba contados treinta y nueve rellanos cuando me detuve nuevamente espantado. Ningún edificio de Valencia tiene treinta y nueve pisos me dije. ¿Estaría soñando? Me pellizqué con todas mis fuerzas. > > -- ¡¡Ay!! – bramé de dolor, sentándome en un escalón mientras me frotaba el brazo. > -- Pero ¿en donde estoy? – me pregunté, pensando en los rascacielos - ¿En Nueva York? Y si estoy en Nueva York ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Y que hago yo ahora sin saber inglés? > -- ¡¡Tranquilo, tranquilo!! – me decía – Procura recordar... no te gusta volar, por lo tanto seguro que no has tomado el avión. > -- ¿El barco? – me pregunté. > -- Ni ayer, ni hoy ni esta semana, ni en este año he subido a un barco – me contestaba – y menos lo tomaría después del naufragio del Prestige. > > Pero entonces oí unas fuertes pisadas allá abajo. Fueron subiendo y estaban acercándose más cuando grité: > -- ¿Quién va? > El que fuera se detuvo. Una voz que parecía de ultratumba inquirió miedosa: > -- ¿Quién anda ahí? > -- ¿Y ahí? – pregunté tozudo > Se hizo el silencio. La voz preguntó de nuevo: > --¿Qué hace usted? > -- Me he extraviado – respondí. > -- Ya – contestó el hombre en la oscuridad. > Luego escuché cierto ruido metálico, vi unas chispas y oí la tapa de un encendedor que se cierra seguido de una blasfemia. > -- En fin – volvió a comentar el hombre invisible – ¿dónde está usted? > -- Creo que estoy en Nueva York, pero soy español como usted –respondí amigablemente. > -- Entonces ¿es usted un ladrón? –preguntó - Hable con franqueza > -- No, no soy un ladrón...le prometo, en fin, que puede subir tranquilo. > -- ¡¡Y una leche!! – exclamó. > Y oí que bajaba las escaleras de cuatro en cuatro. Pensé, o es un gato que habla o se va a romper la crisma. > Me quedé dormido y me despertó la luz de la escalera al encenderse de repente. El hatillo no apareció. He tenido que reponer vestuario. > > Esta mañana me he dado cuenta, al cruzarme con el vecino del cuarto piso que se ha comprado una camisa y unos calcetines igualitos a los que perdí. > Ya se sabe que la confección en serie origina estas casualidades. > > Saludos. > |
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#4
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> Gran_Dio ha escrito:
>> Bauprest ha escrito: >> La confección en serie. >> >> Me ocurrió hace varias semanas un hecho trágico. >> Cuando un hombre casado se queda sin mujer, se dice que es viudo. Pues bien, estoy viudo desde hace cinco días. ¡¡Alto!!; no se apresuren a darme el pésame; mi mujer sigue con vida. Me explico. Me ha dejado solo para irse con su madre que se encuentra indispuesta y claro, yo estoy desolado y no es para menos. Fíjense ustedes que estoy a punto de agotar los calcetines, las mudas interiores y las camisas. Como me encanta la comodidad la telefoneo todos los días para preguntar por la salud de mi suegra. Va mejorando pero, de regresar, ni flores; no me atrevo a preguntárselo por temor a que imagine sabe Dios qué. >> >> Tengo un hatillo de ropa que decidí llevar a la tintorería a última hora, tan a última hora que ya estaba cerrada cuando llegué. Pese a que escogí las calles más oscuras y menos transitadas tuve la suerte de encontrarme con Ramón Beltrán, el arrocero de quien ya les he hablado alguna vez. >> >> -- Hombre, Bau, mala noche has escogido – comentó, mirando al hatillo. >> -- ¿Qué quieres decir? – pregunté extrañado. >> -- No hay Luna llena – respondió, bajando la voz. >> -- Bueno ¿ y qué? – dije también en voz baja, mirando aprensivo a un lado y otro de la calle vacía. >> -- ¿Cómo que y qué? – preguntó irónico – Que en el monte no verás ni los árboles y menos las vaquillas. >> >> Estuve tentado a darle con el hatillo en la cabeza, me contuve porque Ramón creo que tiene un megáfono en la garganta, como corresponde a un armario de su estatura, y no deseaba despertar a los vecinos. Me horrorizan los escándalos. >> >> -- Venga, Bau, no pongas esa cara, era una broma, hombre – rió estentóreo. >> -- Ya sé que era una broma – respondí, con sonrisa de circunstancias. >> >> Me entretuvo más de una hora hablándome de la marea negra. Poco después nos despedíamos y continué mi camino apresurando el paso porque amenazaba tormenta. Acababa de cerrar el portal cuando cayó el primer misil y se fue la luz. >> Imagínense ustedes subir una escaleras desconocidas a oscuras; al sacar el llavín se deslizó de mis manos, rebotó en la puerta del ascensor y cayó por el hueco de la escalera. Permanecí inmóvil como si confiase que el llavín subiese o esperase oírle quejar. Cuando oí el golpe del hierro en la profundidad de la escalera, pensé: >> -- ¡¡Se mató!! >> Idea terriblemente estúpida pero perfectamente natural. Fue una idea concatenada, ya saben, caerse de un andamio va asociado a la idea de la muerte. Estoy seguro de que nadie confesaría esta idea con tanta naturalidad como yo. Advierto esto para que crean en la veracidad de lo que voy a explicarles. >> >> Comencé a bajar las escaleras calculando que el llavín estaría más o menos entre el primer piso y el portal. Dejé el hatillo y descendí cuidadosamente. No llevaba cerillas ni mechero porque no fumo. Cuando calculé que estaba en el primer piso, continué bajando de espalda, tanteando los escalones de uno en uno. Llegué al portal, que limpié íntegramente, pero el llavín no apareció. Por lógica deducción cabía pensar que el llavín se había detenido antes del primer piso. Volví a subir, pero nada, no aparecía el llavín. Me enderecé, estaba convencido de que tenía piedras en los riñones. No podía llamar en mi piso porque mi mujer no estaba. Completamente desorientado me dije: >> >> -- Volveré al portal y contaré los rellanos. >> >> No bien descendí ocho escalones, me encontré en el portal. Llovía a cántaros, ululaba el viento y el cielo atronaba. Pese a todo pensé decidido: >> >> -- Me voy a cenar a casa Mouriño, cruzo la calle y, como tiene luz de emergencia cuando acabe de cenar ya habrá vuelto la luz. >> >> Abrí la puerta, pero no pude salir, porque la verja se abre eléctricamente pulsando un botón. >> De nuevo comencé la ascensión contando los rellanos. Al tercer rellano supe que estaba en mi piso y tanteé buscando el hatillo. Nada. No había hatillo y éste no eran un llavín por lo tanto no estaba en el tercer piso; al subir cinco escalones más se me acabó la escalera. >> >> -- ¡¡Imposible!! – murmuré espantado extendiendo los brazos por todos lados; dondequiera que tocase, todo pared. >> Al bajar otra vez al portal conté doce rellanos. >> -- No puede ser – me dije casi sollozando – el edificio solo tiene seis pisos. >> >> Respiré profundamente para serenarme, pensando que quizá me había equivocado al contar. En mi nueva tentativa de ascensión no reconocí los escalones, todos eran desiguales. Unas veces, al levantar el pie crecía uno de ellos hasta casi un metro y otra veces era tan bajito que pegaba una patada en el suelo y retumbaba como un cañonazo a dúo con el tronar de la tormenta. Nerviosamente seguí subiendo, sudaba a chorro, llevaba contados treinta y nueve rellanos cuando me detuve nuevamente espantado. Ningún edificio de Valencia tiene treinta y nueve pisos me dije. ¿Estaría soñando? Me pellizqué con todas mis fuerzas. >> >> -- ¡¡Ay!! – bramé de dolor, sentándome en un escalón mientras me frotaba el brazo. >> -- Pero ¿en donde estoy? – me pregunté, pensando en los rascacielos - ¿En Nueva York? Y si estoy en Nueva York ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Y que hago yo ahora sin saber inglés? >> -- ¡¡Tranquilo, tranquilo!! – me decía – Procura recordar... no te gusta volar, por lo tanto seguro que no has tomado el avión. >> -- ¿El barco? – me pregunté. >> -- Ni ayer, ni hoy ni esta semana, ni en este año he subido a un barco – me contestaba – y menos lo tomaría después del naufragio del Prestige. >> >> Pero entonces oí unas fuertes pisadas allá abajo. Fueron subiendo y estaban acercándose más cuando grité: >> -- ¿Quién va? >> El que fuera se detuvo. Una voz que parecía de ultratumba inquirió miedosa: >> -- ¿Quién anda ahí? >> -- ¿Y ahí? – pregunté tozudo >> Se hizo el silencio. La voz preguntó de nuevo: >> --¿Qué hace usted? >> -- Me he extraviado – respondí. >> -- Ya – contestó el hombre en la oscuridad. >> Luego escuché cierto ruido metálico, vi unas chispas y oí la tapa de un encendedor que se cierra seguido de una blasfemia. >> -- En fin – volvió a comentar el hombre invisible – ¿dónde está usted? >> -- Creo que estoy en Nueva York, pero soy español como usted –respondí amigablemente. >> -- Entonces ¿es usted un ladrón? –preguntó - Hable con franqueza >> -- No, no soy un ladrón...le prometo, en fin, que puede subir tranquilo. >> -- ¡¡Y una leche!! – exclamó. >> Y oí que bajaba las escaleras de cuatro en cuatro. Pensé, o es un gato que habla o se va a romper la crisma. >> Me quedé dormido y me despertó la luz de la escalera al encenderse de repente. El hatillo no apareció. He tenido que reponer vestuario. >> >> Esta mañana me he dado cuenta, al cruzarme con el vecino del cuarto piso que se ha comprado una camisa y unos calcetines igualitos a los que perdí. >> Ya se sabe que la confección en serie origina estas casualidades. >> >> Saludos. >> |
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