![]() |
|
|
#1
|
|||
|
|||
|
A través de la primera mención documental auténtica de Guipúzcoa sabemos que esta tierra pertenecía al reino de Pamplona: se trata de la confirmación que el rey Sancho III el Mayor y García Acenáriz, señor de IPUSCUA, hicieron del testamento que éste y doña Galga, su esposa, habían otorgado en el año 1025 a favor del monasterio de San Juan de la Peña. Esta integración, resultante de la actividad política de Sancho III, duró hasta 1076, año de la muerte de Sancho IV el de Peñalén(rey de Pamplona). Durante ese período los reyes pamploneses tuvieron cuidado de reforzar la relación de las tierras guipuzcoanas con las navarras, pero aparecen indicios de que las vinculaciones políticas de Guipúzcoa irán a modificarse: a través de ciertas donaciones de bienes parece existir un cambio de orientación en la relación política del área occidental guipuzcoana hacia el oeste, hacia Vizcaya -o sea, hacia Castilla, regida por Alfonso VI- con lo que serán los Señores de Vizcaya quienes gobiernen Guipúzcoa en nombre de los reyes castellanos. Si en 1078 Orbita Aznárez, navarro y primer eslabón conocido del futuro linaje alavés de Guevara, era Señor de Guipúzcoa, en 1082 el conde de Vizcaya, Lope Iñiguez, reunía ya en su persona las tenencias de Alava y Guipúzcoa. Así continuó hasta 1134, cuando fallecido Alfonso I el Batallador se separaron los reinos de Pamplona y Aragón. El restaurador del reino de Pamplona, García Ramírez, retomó la soberanía sobre Alava, Guipúzcoa y Vizcaya a través de su tenente, Ladrón Iñiguez de Guevara. Esta soberanía la mantuvo Sancho VI el Sabio, que tuvo por tenente en Guipúzcoa al hijo del de Guevara, Vela Ladrón. Pero puede resultar síntoma de inseguridad de la presencia navarra en este territorio el que Sancho el Sabio se intitulara “rey en Guipúzcoa” sólo en dos ocasiones ( frente a la frecuencia con que lo hiciera García Ramírez). De hecho, cuando en 1200 Alfonso VIII de Castilla incorporó Alava y Guipúzcoa de forma definitiva a su Reino, Navarra no pudo oponerse no sólo a la potencia militar de su adversario sino tampoco a la decisión de las pueblas guipuzcoanas de tomar partido por el rey castellano. Este hecho contrasta con lo acaecido en Alava en aquel mismo momento: mientras que en Alava Alfonso VIII se apoyó en la nobleza para frenar a la monarquía navarra (utilizando su descontento frente al creciente poderío de las villas realengas de creación navarra), en Guipúzcoa procedió justamente al contrario, y debió ser la promesa castellana de nuevas fundaciones que frenarían el empuje de la nobleza feudal lo que animó a la población a dar su apoyo al Rey de Castilla. Pensemos que hasta 1200 los navarros –Sancho el Sabio de Navarra- sólo habían fundado San Sebastián por razones de estrategia política y económica, buscando una salida al mar. En los años siguientes, con la definitiva vinculación de Guipúzcoa a la Corona de Castilla, la tendencia fundacional se animó considerablemente. El fenómeno anterior se relaciona estrechamente con la reorganización territorial protagonizada por los distintos monarcas. La fundación de un total de veinticuatro núcleos supuso un proceso de reestructuración del territorio acorde a unas directrices políticas y económicas marcadas por los diversos reyes castellanos. Veamos. Desde el punto de vista espacial y social, Guipúzcoa se organizaba con anterioridad -en el momento de la creación de San Sebastián- en valles, circunscripciones que constituían agrupaciones de aldeas y tierras, en las que se asentaba de manera bastante dispersa una población vinculada por lazos de parentesco más o menos fuertes. Pues bien, la fundación de villas modificó estas coordenadas espaciales y, por tanto, económico-sociales en las que habían vivido sus habitantes. En la mayor parte de los casos no se trató de la creación ex-nihilo de nuevos núcleos de población, sino de su elevación a la categoría de villa. La etapa comprendida entre los años 1203 y 1237 vio la aparición de cuatro localidades costeras: Fuenterrabía, Guetaria, Motrico y Zarauz, que fueron constituídas como villas por los reyes castellanos Alfonso VIII y Fernando III. El interés por los puertos es indudable, pero no lo es menos la intención de Alfonso VIII en delimitar su recién ocupado territorio en sus dos extremos, oriental y occidental. Con ello, además, se contribuía desde la villa a disolver las relaciones socio-económicas dominantes en Guipúzcoa, entre las que no podía encontrarse cómoda una sociedad más orientada al comercio y necesitada de vínculos sociales más flexibles: las relaciones de carácter feudal basadas en el parentesco, en la red de dependencias que conllevan los linajes de familias dominantes en los valles, se diluyen en la villa, integrada por solares familiares individuales y que aglutina población que no pasará ya a acrecentar la parentela de los poderosos. De 1256 a 1383, los sucesivos reyes castellanos Alfonso X, Fernando IV, Alfonso XI, Enrique II y Juan I fundaron veinte villas. Su intención era, por un lado, económica, en cuanto se promovían rutas de vital importancia, como la que desde Salvatierra llegaba a San Sebastián a lo largo del valle del Oria (la actual Nacional I) o se potenciaban puertos mercantiles (Orio). Además, aseguraban al rey un sólido apoyo para contrarrestar la fuerte implantación social de la nobleza de la tierra. Buena parte de estas nuevas villas, las localizadas en la cuenca del Deba, se encuentran en frontera con el Señorío de Vizcaya, lo que nos da una idea del interés regio en delimitar claramente la separación entre las tierras realengas y las del Señorío. T ambién existían motivaciones defensivas, como en Rentería, cuyas gentes huían de los abusos de los señores que habitaban el valle de Oyarzun. De esta forma, la creación de las villas guipuzcoanas no respondió a una única causa sino a un complejo entramado de razones económicas, políticas y sociales que varían según el momento histórico, circunstancia que resulta aplicable a las otras provincias. El resultado, a fines del siglo XIV, es la existencia de una red urbana que alteró de forma profunda las estructuras del territorio. Se establecen nuevos polos de atracción, potenciándose el litoral mientras en el interior se crean renovados ejes de expansión. Este fenómeno otorga, asimismo, un impulso definitivo a la red de caminos. Las villas se convierten en jalones de las rutas de la región y éstas dotan a las zonas urbanas de una nueva dinámica económica y social. Por otro lado, formar parte del cuerpo social de una villa implica poseer un derecho de vecindad que conlleva exigencias, pues todos los vecinos están sujetos al pago de impuestos municipales para el mantenimiento de la villa. Junto a las obligaciones, existen una serie de derechos: la posibilidad de disfrutar de las tierras comunales; el vecino es juzgado por el alcalde y las autoridades reales según el fuero que recibe la villa, lo que, en principio, le libra de arbitrariedades; se beneficia de las exenciones fiscales y penales que la carta foral señala; puede ser fiador y testigo en los juicios, siendo su testimonio superior al de la persona forana. A lo expuesto, se añade la protección física que otorga el vivir en una sociedad que delimita su suelo edificado con una muralla y se dota de instituciones de gobierno. Por todo ello, la condición de VECINO será enormemente apetecida por quienes no la posean. Todos estos aspectos no pasaron desapercibidos a los monarcas castellanos, que vieron en las villas una eficaz herramienta de fortalecer su posición y dominio político territorial. La reacción de los señores de la tierra no se hará esperar. Desde el siglo XIV unos recurrirán al enfrentamiento abierto, yendo de forma violenta contra el mundo urbano; otros tratarán de introducirse en las villas, adaptando sus economías y formas de vida a la nueva situación, acaparando poco a poco las propias instituciones villanas. A lo largo de los siglos XIV y XV, las Hermandades existentes en las tres provincias vascas, agrupaciones de villas que servían de autodefensa en los turbulentos días de las crisis bajomedievales frente a las agresiones de la nobleza feudal, así como la progresiva constitución de sus JUNTAS GENERALES, COMPETENTES EN LA TOMA DE DECISIONES CRUCIALES COMO LA FISCALIDAD Y RESPONSABLES DE LA CREACIÓN DE UN DERECHO TERRITORIAL, FUERON EL SOPORTE DE LA SOBERANÍA CASTELLANA (ESPAÑOLA) EN AQUELLA TIERRA. Concluyamos. En las tres provincias la anexión política a la emergente potencia castellana va íntimamente unida al largo curso de delimitación territorial, reorganización económico-social y cristalización institucional, efectuados en un marco de conveniencia mutua para los reyes de Castilla y diferentes grupos sociales del País Vasco. Esta confluencia de intereses fue la clave para que aquel acontecimiento resultase perdurable en el tiempo, pues debemos insistir en que tan importante como la incorporación puntual en sí resulta para su permanencia la labor reestructuradora de los territorios y si en ella se observa una directriz regia, ESTÁ FUERA DE TODA DUDA QUE LA MAYOR PARTE DEL ENTRAMADO SOCIAL VASCO, AQUELLA QUE PRETENDÍA ESCAPAR AL CONTROL FEUDAL DE LOS LINAJES DE LA TIERRA, APOYÓ DECIDIDAMENTE ESTE PROCESO DE ESTRECHAMIENTO DE LAZOS CON LA MONARQUÍA CASTELLANA. Simplemente para protegerse frente a los abusos de la Nobleza Baja agrícola, pendenciera y patrimonialista. Guipuzcoanos, Alaveses y Vizcaínos buscaron y hallaron protección de Castilla frente a sus PREBOSTES rurales. Úlima edición por tellagorri fecha: 14/feb/06 a las 19:07. Razón: Corrección estética |
|
#2
|
|||
|
|||
![]() La repoblación Junto con el secular enfrentamiento bélico con el Islam, el fenómeno de la repoblación fue el rasgo más peculiar del medioevo español en comparación con el resto del occidente europeo. Tras el paulatino avance de los soldados cristianos hacia el Sur, había que ir habitando las tierras que quedaban abandonadas por los musulmanes, fenómeno que acabaría configurando a España y los españoles tal y como hoy los conocemos. De modo que mientras que en otros países de Europa la fijación de las poblaciones pudo haber estado mucho más justificada, en España la homogeneización de la población vino forzada por las circunstancias históricas; puede afirmarse, pues, que en España todo el mundo proviene de pobladores NORTEÑOS que en un momento u otro de la Edad Media encaminaron sus pasos hacia el Sur. Este proceso repoblador comenzó a las pocas décadas de establecidos los primeros núcleos de resistencia cristiana en las cordilleras del Norte de la península. El torrente repoblador desde territorio vascongado se deslizó por los valle de Mena y Losa y se prolongó principalmente en dirección al Ebro y a Norte de las actuales provincias de Burgos y Palencia. De Cantabria lo repobladores se vertieron por rutas aún hoy conocidas (la de los Foramontanos), principalmente a las actuales provincias de Burgos Palencia y Valladolid. De Asturias se dirige a lo que acto seguido se con formaría como reino de León. De Galicia asimismo hacia León y e actual Portugal. Del reino de Navarra partió una esencial aportación la repoblación del reino de Aragón, aunque los navarros participaron también grandemente en la de lugares tan distantes como Castilla, la Mancha o Mallorca. Según avanzaba el empuje militar hacia el Sur, la tarea repoblación le secundaba. En los siglos Xl y XII la repoblación de Salamanca, Zamora y sus comarcas se llevó a cabo principalmente con pobladores provenientes del Norte del Duero, como palentinos, burgaleses, cántabros asturianos, VASCOS y riojanos, e incluso de otros reinos, como navarros aragoneses. En las crónicas de repoblación de Segovia y Ávila también se especifica el origen norteño de los pobladores, de Galicia a Aragón sobresaliendo entre todos el sector oriental de la primitiva Castilla, e decir, Norte de Burgos, Cantabria, Logroño y Vascongadas. Simplemente echando un vistazo a los topónimos de repoblación comprobaremos la dimensión de la inmigración norteña en el resto de la península. Atendiendo a la inmigración vasca nos encontramos en la provincia de Palencia con Báscones d Ebro, Báscones de Valdivia, Báscones de Ojeda y Cascón de la Nava; en Burgos, con Villabáscones de Bezana, Villabáscones, Bascuñuelo, Basconcillos del Tozo, Basconcillos, Báscones de Zamanzas, Bascuñan y Vizcaínos; en Asturias, Báscones; en Cuenca, Bascuñana de San Pedrc y Gascueña; en Álava, Bascuñuelas; en Lugo, Bascós; en Orense Bascojs y Bascos; en Soria, Bascones; en Cáceres, El Gasco; en Guadalajara, Gascueña de Bornova; en Madrid, Gascones; en Toledo, Vascos; en Sevilla, Loma del Gascón; y en Portugal, Vascóes y Vasconcellos. En cuanto a los navarros, esos supuestos vascos irredentos, nos podemos encontrar con: en la provincia de Salamanca, Narros de Matalayegu~ Naharros de Valdunciel, Naharros Nuevo y Narrillos; en Cuenca, Naharro y Garcinarro; en Valladolid, Gomeznarro; en Soria, Narros y Valdenarro en Guadalajara, Naharros; en Segovia, Narros de Cuéllar y Gomeznarro; en Ávila, Narros del Castillo, Narros del Puerto, Narros de Saldueña, Los Narros, Narrillos del Álamo, Narrillos del Rebollar y Narrillos de San Leonardo; en Valencia, Navarrés; en Zaragoza, Herrera de los Navarros y Villar de los Navarros; en Huesca, Navarri; en Álava, Navaridas, Navarrete, Nafarrate y Napardi; en Vizcaya, Nafarrena; en La Rioja, Navarrete; en Teruel, Navarrete del Río; en Almería, Los Navarretes y Los Navarros; en Murcia, Los Navarros y Los Navarros Bajos; en Madrid, Navarrosillos; y en Portugal, Navarros y Nafarros. Parecida cantidad de topónimos dejaron los pobladores gallegos en las cuatro esquinas de la península, conformando junto con vascos y navarros los tres orígenes territoriales que más constancia han dejado en la toponimia, fácilmente comprobable en cualquier atlas de España. Esto por lo que se refiere a los topónimos evidentes, puesto que en otras muchas ocasiones los inmigrantes poblaron lugares ya bautizados o que lo serían según otros criterios, lo cual puede dar una idea de la magnitud que hubo de tener la INMIGRACIÓN VASCA y NAVARRA en toda la península durante siglos. Han llegado hasta nosotros numerosas fuentes documentales que nos permiten conocer con bastante detalle el proceso repoblador llevado a cabo en las tierras meridionales, sobre todo a partir de la batalla de las Navas de Tolosa, durante los siglos XIII y XIV. Los más importantes son los libros de repartimiento, en los que se consignaban los repartos de bienes inmuebles (tierras, edificios) que se efectuaban entre los que habían participado en la conquista de un territorio o los que acudían a repoblarlo. Otro tipo de documentos son las nóminas de pobladores, en las que se recogían los nombres de los que acudían a repoblar las nuevas tierras. Finalmente, las cartas pueblas, aparte de establecer los fueros y libertades de los participantes en la repoblación de un lugar, organizaban la repartición de tierras entre ellos. En las zonas de Valencia y Murcia, por ejemplo, gracias a los Libros de Repartimiento se conocen los lugares de procedencia de los pobladores así como los que iban a ocupar. La aportación repobladora navarra en el levante se extendió por decenas de localidades. En Valencia: Albaida, Albalat, Albalat deis Sorells, Alcudia, Alfafar, Bairen, Barchell, Beniamen, Benioral, Bocairente, Bixquert, Campanar, Carcagente, Castellón de Albufera, Chinqueir, Cocentaina, Coscollar, Gandía,Garuvel, Gatova, Godella, Godelleta, Gorga, Játiva, Liria, Lullen,Marchelenes, Marines, Masamagrell, Muro, Onteniente, Patraix, Polop, Roteros, Rizafa, Segorbe, Turch y Valencia. En Murcia: Alguazar, Alquerías, Cotillas y Tiñosa. Los pobladores norteños desempeñaron asimismo el papel esencial en la repoblación de las lejanas tierras andaluzas, las últimas en ser conquistadas. Un ejemplo de no pequeña magnitud es el de las zonas de España que mayor porcentaje de pobladores aportaron a Sevilla y otras importantes localidades andaluzas: la cornisa cantábrica y la zona central castellana principalmente los burgaleses, los montañeses y los vizcaínos. Los pobladores de Jerez de la Frontera fueron en su mayor parte castellanos leoneses, participando asimismo numerosos contingentes de aragoneses, catalanes y navarros. Otro ejemplo es el de Cádiz y su entorno, fue poblado por castellanos, leoneses y catalanes. La repoblación fue una ingente tarea que abarcó varios siglos y en la que se involucraron todos los territorios de España sin que la fragmentación regnícola la afectase. Al igual que en la tarea bélica, todos los reinos peninsulares participaron conjuntamente en la labor de volver a dar vida humana a las tierras arrebatadas a los moros. Esta labor común fue uno de los motivos que más peso tendrían, con el paso de los siglos, en la configuración de la concepción de España como comunidad humana unitaria por encima de divisiones territoriales, con adelanto a muchas otras naciones europeas. Por razones obvias cada reino se ocupó principalmente de poblar sus espacios naturales de expansión —Castilla el centro y Sur peninsulares, Navarra y Aragón el Valle del Ebro, Cataluña el Mediterráneo—, pero también participaron indistintamente en toda aquella nueva tierra que necesitase aportación de hombres. Los navarros, como hemos visto, se extendieron por TODA LA PENÍNSULA. A la repoblación del reino de Toledo acudieron junto con los castellanos del Norte numerosos aragoneses y catalanes. En la carta-puebla de Coria del Río (Sevilla), Alfonso X el Sabio otorgó dicha localidad a 150 omes de Catalunna. En la repoblación de Valladolid también participó un importante número de catalanes. Estos últimos y los valencianos representaron, lógicamente, el contingente más importante de repobladores de las Islas Baleares, pero se vieron acompañados en su labor por multitud de aragoneses, navarros y castellanos, además de italianos y franceses. De este modo se fundaron y poblaron, por ejemplo, en el siglo XIV Elgueta, Monreal, Eibar, Villanueva de Marquina o Zumaya, a la vez que Diego López de Haro fundaba Bilbao otorgando a los nuevos moradores el fuero de Logroño. Del mismo modo que NO quedan etruscos, volscos y samnitas en Italia, ni burgundios Francia, en España, con mucha mayor razón, hoy no hay vascos, cántabros, ni turmogos, ni vacceos, ni autrigones, ni ilergetes, ni nos, ni vettones. Lo que hoy hay son los descendientes de aquellos habitantes y de Otros que, como godos y romanos, vinieron a conquistar para acabar fundiéndose con ellos. Pero los vascos no descienden sólo de vascones. España y los españoles somos la culminación de la evolución que ha conducido a dichos pueblos a través de los siglos a formar la sociedad que hoy formamos, sociedad notablemente homogénea si la comparamos con otras europeas. Úlima edición por tellagorri fecha: 18/feb/06 a las 01:01. Razón: Corrección estética |
|
#3
|
|||
|
|||
|
La vocación marinera le viene a Getaria de la Edad Media, siendo la caza de las ballenas la actividad dominante durante los siglos XIV y XV. El 5 de enero de 1597 la villa se vió sumida en un incendio casi total en el que ardieron 150 casas. Pero fue en 1628 cuando en su bahía se libró una batalla naval entre Francia y España, en la que la escuadra española quedó desecha y la villa también. Toda la Edad Media, según consta en los escritos sobre Guetaria, y hasta la época actual, ha sufrido su historia las vicisitudes que conlleva el mejor puerto refugio en la zona fronteriza con Francia. Fue el lugar en donde se reunieron, por primera vez, las JUNTAS GENERALES DE GUIPUZCOA para defenderse de los atropellos de los jaunchos rurales. -------------------------------------------------------------------------------- Úlima edición por tellagorri fecha: 7/dic/05 a las 19:07. |
|
#4
|
|||
|
|||
|
Con Murcia en manos de Castilla y los portugueses en Ayamonte (1238), sólo quedaba para concluir la Reconquista la toma de los reinos de Granada y Sevilla.
El propósito de Fernando III era continuar en dirección a Granada y, efectivamente, tras tomar Arjona, Caztalla, Begijar y Carchena, inició el asedio de Jaén en 1246. Pero se produjo entonces un acontecimiento de enorme trascendencia que, con seguridad, implicó el retraso de la Reconquista. Viendo que el final de su reino se cernía sobre el horizonte, Abu Abd Allah Muhammad ben Nasr al-Ahmar, antiguo señor de Arjona y a la sazón rey de Granada, se presentó en el campamento castellano y comunicó su voluntad de someterse como vasallo a Fernando III. El rey cristiano aceptó el ofrecimiento que vino acompañado de la entrega de Jaén, del compromiso de pagar un tributo y de la obligación de asistir a las cortes castellanas cuando las hubiera y de prestar ayuda militar. De esta manera, gracias a la generosidad castellana, se consagró la existencia de un ESTADO musulmán que iba de Tarifa a las cercanías de Almería y desde la proximidad de Jaén a las costas del Mediterráneo. Durante las décadas siguientes, Castilla procedió a la repoblación de las tierras reconquistadas. Reviste este capítulo especial importancia por las repercusiones políticas que llegan hasta el momento actual. Sabida es la insistencia de algunos políticos andaluces por hacer remontar sus antepasados hasta alguna familia musulmana. Semejante eventualidad es más que altamente improbable, prácticamente imposible. Al igual que Córdoba, Sevilla se vio vaciada de sus habitantes musulmanes que prefirieron optar por no vivir bajo el gobierno de un rey cristiano y fueron REPOBLADAS por gentes venidas del norte. Ciertamente, si alguien pudiera trazar con seguridad su genealogía hasta algún antepasado cordobés o sevillano de la segunda mitad del siglo XIII se encontraría con seguridad con un castellano, un leonés o incluso un "VIZCAINO" pero no con un andalusí. |
|
#5
|
|||
|
|||
|
VIZCAYA
El texto más antiguo conocido que menciona el nombre de Vizcaya lo encontramos, como en el caso alavés, en la Crónica de Alfonso III. Más tarde, a fines del siglo X, aparece en el Códice de Roda el nombre de Munio, conde vizcaíno casado con una hija de Sancho Garcés I, rey de Pamplona, y a partir del XI comienzan a ser más frecuentes los datos documentales sobre este territorio, observándose su vinculación a la monarquía pamplonesa, primero, y castellana después. El conde Lope Iñiguez apoyó con decisión el partido de Alfonso VI cuando, asesinado en 1076 el rey de Pamplona, (Sancho IV el de Peñalén), Vizcaya, Alava, parte de Guipúzcoa y La Rioja se inclinaron por el monarca castellano. Su hijo, Diego López de Haro I, sostuvo a la hija y sucesora de Alfonso VI de Castlla y León, doña Urraca, al enfrentarse a su marido (Alfonso I de Aragón y Pamplona), así como a su hijo Alfonso VII. Sin duda como pago a sus servicios, en junio de 1110 doña Urraca concedió a perpetuidad a Diego López que no pudiese entrar sayón (oficial subalterno con funciones policiales) del Rey en sus tierras, incluidos los casos reservados a la justicia real, como los de homicidio, lo que implicaba la total jurisdicción sobre aquella tierra. Luego, en esa misma línea de actuación, Alfonso VIII de Castilla y león le entregó el Señorío sobre toda la tierra de Vizcaya y el Duranguesado, a los que Fernando III, más tarde, unió los enclaves de Orduña y Valmaseda. Ello posibilitó que, desde el siglo XII y a lo largo del XIII, los diferentes titulares del Señorío de Vizcaya actuaran en las tierras de su jurisdicción, y según la lógica imperante en el sistema feudal, con notable autonomía respecto a la corona castellana AUNQUE SIEMPRE VINCULADOS POLÍTICAMENTE a aquélla. Un ejemplo: fue el Señor de Vizcaya, Diego López de Haro II, quien dirigió las tropas de Alfonso VIII en la conquista de Vitoria en 1200. Los acontecimientos del siglo XIV resultaron cruciales para la incorporación del Señorío de Vizcaya al realengo castellano y para la formación en la mentalidad vizcaína de que las relaciones con la monarquía debían basarse en el pacto, es decir, habían de constituirse con un carácter contractual. Hacia 1300 el Señorío estaba en manos de Diego López de Haro V, apodado el Intruso, hermano de Lope Díaz de Haro III, quien fuera asesinado en Alfaro. El dominio de don Diego el Intruso lo discutía su sobrina doña María Díaz de Haro, hija del asesinado. Como detalla la Crónica de Fernando IV, tras un largo pleito que interesó a gran parte de la nobleza de la Corona de Castilla se llegó a un acuerdo: Diego López V retendría el Señorío hasta su muerte, tras la cual recaería en su sobrina María Díaz, casada con el infante Juan de Castilla, hijo de Alfonso X, siguiendo la tradición de emparentamiento entre la Casa de Vizcaya y la Casa Real castellana. El gobierno de María Díaz se prolongó hasta 1334, año en que pasó a ocuparlo su nieta, María Díaz de Haro II, que había contraído matrimonio con Juan Núñez, Señor (consorte, pues) de Vizcaya. Aquel mismo año el rey Alfonso XI de Castilla, cuyo objetivo fue siempre el de controlar a la nobleza, entró en el Señorío para castigar las rebeldías de Juan Núñez, apropiándose del título de Señor de Vizcaya con el beneplácito de los hidalgos vizcaínos. La anterior intervención militar real pudo contribuir a fortalecer en Vizcaya el sentimiento de que la autoridad del Señor de Vizcaya (auténtico Virrey hasta que, algo más adelante, Juan I reasume en su persona toda la autoridad ) se basaría en adelante en el pacto de vasallaje de los hidalgos vizcaínos respecto a él, idea que por otra parte reflejaba las corrientes de teoría política imperantes en Europa durante este período. Restablecido el principo de autoridad real, el título de Señor retornó de nuevo a María Díaz II y a su marido en 1338 y hasta su muerte. Tras algunas otras vicisitudes dinásticas y matrimoniales que implicaron, de modo sucesivo, al hijo bastardo de Alfonso XI y a la mujer de Enrique II de Trastámara, el cual entregó el Señorío de Vizcaya a su hijo el infante don Juan, heredero del reino: cuando en 1379 éste se convirtió en el monarca Juan I de Castilla, el título de Señor de Vizcaya quedó definitivamente vinculado a los otros que ostentaban los reyes castellanos. Fueron los Señores de Vizcaya quienes llevaron a cabo la organización social “de arriba abajo” del espacio vizcaíno durante los siglos XII y XIV. En 1199 Valmaseda recibió el fuero de Logroño, iniciándose la larga de serie de concesiones forales que finaliza en 1376, cuando el infante don Juan de Castilla, Señor de Vizcaya y futuro Juan I, fundaba las tres últimas villas del Señorío: Munguía, Larrabezúa y Rigoitia. En el intervalo otras diecisiete localidades, incluyendo la propia Bilbao en 1300, obtuvieron carta-puebla con su correspondiente fuero. Hasta mediados del siglo XIV el poblamiento se desarrolla en las villas costeras y en las situadas en los accesos de la meseta al mar, sin que en la fundación de ninguna de ellas mediara una petición expresa por parte de los habitantes del Señorío, frecuente en las fundaciones de villas posteriores a esa fecha. Este poblamiento se lleva a cabo con los habitantes de la puebla, si ésta es previa a la condición de villa, o con los residentes dentro de los términos especificados en la carta de poblamiento; también con los labradores o cualesquier otras personas que, atraídas por unas condiciones favorables, acudieran a vivir a ella y quedarán por ello avecindadas. Todos ellos son vasallos del Señor, término que aparece en 1304 con ocasión de la confirmación de los fueros a Ochandiano y reiterado a partir de la carta-puebla de Marquina de 1355. Los vecinos obtienen unos estímulos legales para la colonización del término municipal, posibilidades de enriquecimiento a través del trabajo de roturación y explotación del mismo; quedan además sus personas y bienes bajo la expresa protección del fuero, frente a las fuerzas de cualquier autoridad o persona; asimismo, la vecindad viene a atenuar la dependencia personal de corte feudal, mediante la liberación de usos y cargas señoriales; por último, la ampliación del ejercicio de comprar o vender y el vigor con que se regula la actividad mercantil manifiesto en los ordenamientos locales vizcaínos, son indicios suficientes para comprender que se pretende un desarrollo comercial que será básico en la vida económica del Señorío. De estos privilegios vecinales quedan excluidos los hidalgos, caballeros y escuderos que no estuvieran dispuestos a renunciar a los privilegios propios de su condición si acudían a morar a la villa. Existe, en conclusión, un claro deseo señorial de equiparación de los estatutos sociales. Los habitantes de lugares no aforados, la Tierra Llana, aspirarán a mediados del siglo XIV, como aparece en el capitulado de las Juntas de Guernica de 1342, a no verse privados de determinadas actividades económicas industriales o comerciales crecientemente monopolizados por las villas, así como a beneficiarse de la protección que éstas podían brindar en un período de fuertes conflictos sociales. En la segunda mitad del siglo XIV resulta habitual que en la concesión de una carta foral exista petición previa por parte de los habitantes del Señorío, pero no es ésta la única novedad. Los núcleos previos a las nuevas villas son prácticamente inexistentes; sus beneficiarios son mayormente hidalgos y labradores, cuyo objetivo fundamental es el de agruparse y defenderse de las violencias desatadas en estos tiempos de crisis y el de participar en el disfrute de los beneficios mercantiles. Ello, sin duda, redunda a su vez en una mayor defensa de los propios intereses del Señor. Es también elemento de primera importancia para nuestro propósito comprender la relación existente entre el Señor y el Señorío, basada desde el siglo XIV en el pactismo. Este vínculo contractual, que como se ha afirmado bien pudo surgir con la intervención militar de Alfonso XI, alcanzó su máxima expresión durante el gobierno de don Tello, entre 1352 y 1370, período en el que son más frecuentes los signos de carácter vasallático. La crónica de Enrique III ilustra esta realidad al contar la visita realizada por el monarca en 1393, poniendo de manifiesto los intentos de las villas e hidalgos por subrayar los aspectos contractuales de la relación. Todo lo anterior se traduce en la mutua jura de homenaje y guarda de fueros: los vizcaínos “toman señor”, entendiendo como tal la prestación del juramento de vasallaje a aquél que por línea sucesoria le corresponde, gesto al que los Señores otorgan un carácter simbólico consiguiente a la sucesión automática al frente del Señorío. La fiscalidad, es decir, el derecho señorial a percibir ciertas rentas, la dispensación de la justicia mediante sus oficiales designados y la confirmación de todos los privilegios de las villas existentes, constituyen los derechos y obligaciones más importantes contraídos y están en la base de una vinculación recíprocamente aceptada. Resta afirmar que el pactismo no fue exclusivo del Señorío de Vizcaya; por ejemplo, cuando en enero de 1475 las Juntas de Guipúzcoa juraron fidelidad a los nuevos reyes, Isabel y Fernando, lo hicieron a cambio de la confirmación de todos los privilegios del territorio. En otros lugares del Reino aconteció lo mismo. |
|
#6
|
|||
|
|||
|
ALAVA
Durante los siglos VIII y IX las tierras alavesas, junto a las del norte de Burgos, constituyeron la frontera oriental del reino asturiano frente a los ataques musulmanes del valle del Ebro. La primera mención del topónimo Alava data de fines del siglo IX (Crónica de Alfonso III de Castilla), refieriéndose a las tierras de la Llanada, al norte y este de Vitoria. A esta Alava nuclear se sumará otra periférica, integrada por la tierra de Ayala, Treviño, la Rioja Alavesa y la zona al este del río Bayas. En el siglo X son ya evidentes las influencias de Castilla y Navarra. Así lo revelan los nombres de dos condes que gobiernan sobre territorio alavés: Alvaro Herremálliz ( relacionado con la corte del rey de Pamplona); Jimeno Garcés y Fernán González (con el de Castilla). A partir de 1024 los documentos presentan a Sancho III el Mayor de Pamplona reinando también en Alava a través de su tenente, el conde Munio González (en el ámbito de los vínculos feudales, la tenencia era el régimen de posesión por un Señor de una determinada tierra por DELEGACIÓN real, lo que implicaba su control militar, administración civil y disfrute compartido de sus rentas aquel Rey o autoridad, a quien sustituirá Fortún Iñiguez, también vinculado a Navarra. Otra buena prueba de esta orientación del territorio alavés hacia la monarquía pamplonesa la constituye la donación efectuada hacia 1060 por nobles de Alava al monasterio de San Juan de la Peña, situado en la región de Jaca, muy unida a los reyes de Pamplona. Con el conde Alvaro Díaz concluye la soberanía navarra en Alava, pues en 1076 acaeció el asesinato de Sancho IV el de Peñalén, crisis aprovechada por Alfonso VI de Castilla para incorporar temporalmente a su reino La Rioja, parte de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava. La restauración del reino pamplonés con García Ramírez en 1134 tuvo como consecuencia que este monarca se intitulase rey de Pamplona, Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, correspondiendo la tenencia de estos tres últimos territorios a Ladrón I, forjador del linaje alavés de Guevara, quien se consideró siempre navarro y, de hecho, fue conocido como Ladrón de Navarra, aunque su vida política se desarrollase en la corte castellana, aunque finalmente retornara a la obediencia del Rey navarro. En 1179 Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI el Sabio de Navarra firmaron un tratado que fijaba la frontera entre sus reinosa lo largo de una línea que, en el occidente de Guipúzcoa, desde el Cantábrico remontaba el curso del río Deba y continuaba, ya en Alava, siguiendo los ríos Bayas y Zadorra. Consecuencia del mismo fue que toda Alava quedase bajo la soberanía navarra. Asimismo, el gobierno condal de la familia Guevara en esta provincia se disgregó en una serie de tenencias cuyos titulares eran renovados frecuentemente por el monarca navarro, siguiendo la costumbre de organización administrativa feudal que imperaba en el reino pirenaico. Esta reestructuración política del espacio alavés se vio acompañada por un proceso de fundación de villas por Sancho VI el Sabio: Laguardia (1164), Vitoria (1181), Antoñana (1182) y La Puebla de Arganzón (1191); la última fundación navarra en Alava fue Labraza, realizada en 1196 por Sancho VII el Fuerte. La situación de fortalecimiento navarro en el territorio cambió de manera radical con la conquista efectuada por Alfonso VIII de Castilla entre 1199 y 1200, quien previamente había negociado con los nobles alaveses, descontentos con la política de los reyes navarros de fortalecimiento del realengo y fundación de villas. A excepción del territorio dominado por la Cofradía de Arriaga, de la que hablaremos poco más abajo, toda Alava quedaba en manos de Castilla. La adhesión a esta última monarquía será ya definitiva, salvo el breve paréntesis abierto con motivo de la guerra civil castellana del siglo XIV entre Pedro I y Enrique de Trastámara, durante la que Carlos II de Navarra retuvo durante escasos 5 años algunas villas alavesas. La fundación de villas en Alava durante los siglos XII y XIII fue protagonizada, pues, por los reyes de Navarra y Castilla según las alternancias en la titularidad de la soberanía política, y terminó en 1338 con la fundación por Alfonso XI de Castilla de Monreal de Zuya. Cuando un monarca medieval promulgaba una carta de poblamiento, ello conllevaba el otorgamiento de un FUERO. Estos instrumentos legales que regulaban las relaciones entre el Rey y sus vasallos aparecen como el reconocimiento por parte de la autoridad de una serie de exenciones y privilegios a favor de una comunidad asentada o por asentar en un determinado núcleo, respondiendo a un interés común por parte del poder real y de la comunidad beneficiada, quedando reestructurado el tejido social al fundarse nuevos núcleos de población con atrayentes condiciones de vida. Si consideramos que en Alava, también en Guipúzcoa, fueron los reyes quienes llevaron a efecto de manera exclusiva la política de fundaciones, es lógico deducir que ésta se constituyó en una herramienta de primer orden para fortalecer la posición real en aquellos lugares, en detrimento de la nobleza feudal de la tierra. Este afianzamiento del realengo tiene una clara finalidad política pero también económica, pues la concesión de un fuero conlleva el incremento de las rentas reales derivado, entre otras circunstancias, de la diversificación de las actividades, el desarrollo de los intercambios y las rutas comerciales. Se ha citado a la Cofradía de Arriaga, así llamada por el lugar donde realizaban sus juntas, y de ella debemos ocuparnos ahora, pues también hemos advertido que con la conquista de Vitoria en 1200 no toda Alava quedó en manos del monarca castellano. La primera mención documental data de 1258 y en ella la Cofradía presenta ya unos perfiles bien definidos, por lo que lógico es pensar que su formación fuera bastante anterior. Ya en la segunda mitad del XI ciertas informaciones nos ayudan a entrever la existencia de senñores o barones con capacidad para ejercer determinadas acciones jurídicas que, mediado el siglo XII, elegían a un señor. Este, en un territorio organizado en merindades o circunscripciones, administraba justicia, de manera personal o a través de merinos o alcaldes nombrados por él, era responsable de la defensa manteniendo las tenencias de los castillos y en reconocimiento de este señorío recibía de los labradores el impuesto llamado pecho forero. Era en definitiva una organización de base feudal, formada por nobles de muy distinto rango (a ella pertenecerán pequeños hidalgos, pero también algunos de los más ilustres apellidos de la nobleza alavesa, como los Rojas, Mendoza, Hurtado de Mendoza, Ayala o Guevara) y campesinos dependientes, que dominaba un territorio netamente diferenciado del realengo, controlado por el monarca. Pues bien, la Cofradía de Arriaga concluyó con su autodisolución en 1332, fecha en la que se produjo el llamado Pacto de Arriaga o Entrega voluntaria de las tierras de la Cofradía a Alfonso XI de Castilla y León. La interpretación de este acontecimiento pasa por la valoración conjunta de varios factores, entre los que resaltaremos dos: primero, el enfrentamiento entre los miembros de la Cofradía y algunas villas realengas fundadas dentro de su territorio, como Vitoria y Salvatierra, que disputaban a aquélla la jurisdicción sobre los núcleos de población de su alfoz o término jurisdiccional (conflicto en el que necesariamente la fortaleza monárquica castellana habría de terminar imponiéndose). Y segundo, las dificultades que desde la segunda mitad del XIII atravesaba la nobleza alavesa, en el contexto general de las transformaciones del sistema feudal o crisis bajomedieval, en forma de caída de sus rentas. En contrapartida a su autodisolución los hidalgos alaveses obtuvieron de Alfonso XI el reconocimiento de su estatuto jurídico privilegiado, lograron fijar a los campesinos a la tierra para impedir su huida a lugares privilegiados como las villas realengas y se aseguraron el control de importantes fuentes de ingresos como el aprovechamiento de los montes. En definitiva, no sólo garantizaron su subsistencia sino que algunos de sus más insignes miembros vieron enormemente favorecida su posición y ascendencia sobre la sociedad alavesa. En otro orden de cosas, la historia eclesiástica, no sólo de Alava sino también de Vizcaya, apunta de igual forma a la vinculación con Castilla: a) Desde finales del siglo XI, Alava pertenecía enteramente a la ya castellana diócesis de Calahorra. b) Vizcaya quedaba subdividida en dos sectores de influencia: Las Encartaciones, al oeste del río Nervión, incluidas en la diócesis de Burgos; y el resto, en la de Calahorra. c) Guipúzcoa es en este aspecto ciertamente más complejo: mientras que su borde occidental, limítrofe con Vizcaya, pertenecía a Calahorra, los demás territorios estaban adscritos a la sede episcopal de Pamplona, salvo las tierras delimitadas por los ríos Bidasoa y Oyarzun que dependían de la diócesis francesa de Bayona. Esta situación se mantuvo durante toda la Edad Media ; el mismo Fernando el Católico, a petición de los naturales del país, intentó sin éxito conseguir un vicario general que independizara la provincia de Guipúzcoa de las diócesis de Bayona y Pamplona. No fue hasta 1566 cuando Pío V concedió la desmembración del obispado de Bayona y la incorporación al de Pamplona de estos territorios, mas ya la pertenencia de Guipúzcoa a uno u otro obispado carecía de la trascendencia política anterior, pues hacía tiempo que la propia Navarra había sido conquistada por Castilla. |
|
#7
|
|||
|
|||
|
La conquista de Alfonso VIII de Guipúzcoa en la campaña de 1200, tras la muerte de Ricardo Corazón de León el 6 de abril de 1199, con notable pérdida para su cuñado y rey de Navarra Sancho VII el fuerte, da pie para un estudio de los núcleos de poblaciones de Guipúzcoa.
Según Ximénez de Rada, Alfonso VIII ganó San Sebastián, Fuenterrabía, Beloagam (castillo Veloaga en el valle de Oyarzun) , Zequiategui, Aizcorroz (en el valle de Léniz, en el monte Aitzorroz) , Arlucea, Azprocia, Vitoria la Vieja, Marañón, Elousa, Athavit, Irurita, San Vicente de Atana y Santa Cruz (1). José Luis Banús y Aguirre da una interpretación toponímica de estos lugares identificando Athavit con Ataun siguiendo en esto a Gorosábel, Elosua con Elousa, en el barrio de San Andrés de Vergara, entre ésta y Azcoitia, en la divisoria entre el Urola y el Deva; más aun, siguiendo las crónicas de la época y otros testimonios, amplía el número y los nombres de los castillos guipuzcoanos, organizándolos de la siguiente manera: a) Un grupo de tres castillos sobre la costa entre el Urumea y el Bidasoa: San Sebastián, Fuenterrabía y Veloaga. b) Otro grupo de tres en la cuenca alta del Oria en las líneas naturales de penetración desde Navarra a Guipúzcoa y en concreto al valle del Urola: Ataun, Asua, Mendicute. c) Otro grupo de tres castillos en el valle alto del Deva: Aizcorroz, Arrasate y Elosua . " Históricamente, sigue Banús, tenemos un documento que testifica cuál era la división de Guipúzcoa en Universidades, antes de que apareciera-el municipio propiamente dicho, es decir, en la etapa pre-municipal. Guipúzcoa estaba dividida en las universidades síguientes: Oyarzun, Hernani, Be!ástegui, Olue, Areria, Goyal, Régil, Sayal, Iraurgui, Iliar, Marquina, Vergara, Léniz y el valle de Oñate bajo señorío particular y no de realengo. Si queremos completar la visión guipuzcoana y su división territorial previa a la vida municipal, S. de Insausti, completando a J. L. Banús, aporta el concepto histórico de VALLES. Mientras que la Universidad es la reunión de varios barrios o auzos que forman una parroquia, colación o ANTEIGLESIA, el valle es el conjunto de universidades agrupadas. Según este autor, Guipúzcoa estaba dividida en los valles siguientes: 1º Valle de OYARZUN con los territorios de Irún, Fuenterrabía, Lezo Pasajes de San Juan, Oyarzun y Rentería. 2º Valle del Urumea o HERNANI con los territorios entre el Urumea y el Oria como San Sebastián, Hernani, Urnieta, Lasarte, Usúrbil, Orio. 3º Valle de MARQUINA: con términos de Elgóibar, Placencia y Eibar. Valle que se disolvió con el nacimiento de las villas. 4º Valle de IRAURGUI con los términos de Azcoitia y Azpeitia. 5º Valle de LÉNIZ con los términos de Mondragón, Salinas, Arechavaleta y Escoriaza. 6º Valle de SAYAZ, extendido desde la orilla izquierda del Oria (esto es la Universidad de Aya) hasta el límite occidental en Zumaya, y con los territorios de Aya-Laurgain, Zarauz, Guetaria-Azquizu, Zumaya, Oiquina, Cestona, Aizarna y Aizarnazábal, y como probables Régil, Vidania, Goyaz, Beizama, Albístur (que más tarde formarán la alcaldía de Sayaz). 7º Valle de ICIARr con Motrico, Deva y Mendaro. 8º Valle de BOZUE mayor y menor. El mayor con los territorios de Amézqueta, Abalcisqueta, Orendain, Icazteguieta, Baliarrain. y Bozue menor con Villafranca, Alzaga, Arama, Ataun, Beasain, Gainza, Isasondo, Lazcano, Legorreta, Zaldivia. 9º Parzonería de ALZANIA con Segura, Cegama, Idiazábal, Ursuarán, Legazpia, Cerain y la arcaldía de Arería (Zumárraga, Villarreal, Ormáiztegui, Ezquioga, Ichaso y Mutiloa) . 10º ZUMABAZARREA: se extendía a Tolosa ya los pueblos del entorno como Berástegui, Eldua, Elduayen, Berrobi, Ibarra, Gaztelu, Leaburu, Oreja, Lizarza y Belaunsa. 11º ERNIOBEA con el territorio entre Tolosa y Hernani y con Anoeta, Hernialde, Irura, Amasa-Villabona, Cizúrquil, Alquiza, Larraul, Asteasu, Aduna, Soravilla-Andoain, Urnieta y parte de Astigarraga. 12º Entre los valles de Léniz y Marquina con los territorios de Vergara, Anzuola-Usarraga, San Prudencio, Mártires, Elgueta y Anquiózar . |
|
#8
|
|||
|
|||
En los años 1181 y 1182, gobernaba Alava, Guipúzcoa y Vitoria, Diego Lopez de Haro II, bajo el reinado de Alfonso El Sabio, enfrentándose con este y posteriormente con los de Aragon y Navarra. Tras reconciliarse con Alfonso, participó en el triunfo de las Navas de Tolosa formando la vanguardia del ejercito cristiano contra los moros. A la muerte de Diego Lopez de Haro II, los Señoríos de Alava, Guipuzcoa y Vitoria pasaron a Lope Diaz de Haro (cabeza brava), noveno Señor de Vizcaya. A Lope Diaz de Haro(cabeza brava) le sucedió su hijo Diego Lopez de Haro, décimo Señor de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa, que se enfrentó con el monarca castellano (Alfonso El Sabio) y pasó al servicio del de Aragon. A éste le sucedió Lope Diaz de Haro, que continuó al servicio del rey de Aragon. A este Diego Lopez de Haro, y a este su tío, del mismo nombre, con el consentimiento de Doña Maria Diaz de Haro, que le heredó tras su muerte. A este decimoquinto Señor de Vizcaya se debe la fundación de Bilbao, previa aprobación real en 1300. Su sucesora Doña Maria (La Buena, muy querida de los vizcaínos) se retiró en 1327 al convento de Perales y la heredó en vida su hijo Juan (El Tuerto) asesinado en Toro por orden de Alfonso XI. Le heredó su hija Doña Maria, casada con Juan Núñez de Lara, que gobernó en nombre de su mujer, enfrentándose al rey Don Alfonso y obteniendo después su perdón, llegó a adquirir tal autoridad que en peligro de vida del rey Don Pedro, que acababa de heredar el reino se pensó en Don Juan para sucederle en el Reino de Castilla. Cuando murió en 1352 su hijo Nuño de Lara tenía dos años, por lo que le heredó su hermana mayor Doña Juana de Lara que se casó con Don Tello, hermano del rey Don Pedro. Muerto Don Tello el señorío pasó a la Corona de Castilla por recaer en Doña Juana Manuel, mujer del rey Don Enrique, la sucesión de las casas de Haro, Lara y Villena, y aunque esta señora renunció a favor de su primogénito, el infante Don Juan , se incorporó definitivamente a la monarquía cuando éste ascendió al trono de Castilla, gestionando el señorío de Vizcaya Doña Maria Diaz de Lara, tercera hermana de Juan Núñez, casada en Francia con el conde de Etampes. Entonces se estableció en Vizcaya el Corregimiento, que ha llegado hasta el S. XIX, siendo el primer corregidor Juan Alfonso de Castro. A partir de estas fechas dieron comienzo cruentas luchas de linajes crímenes y horrores entre bandos encabezados por Berroetas, Zugastis, Leguizamones, Urquizus, Suzunagas, y cuantos tenían poder alguno o gentes que les siguieran. Mucho se trabajó para restablecer el orden para cuyo fin los alcaldes de la Hermandad propusieron al corregidor Juan García, que no consiguió poner orden y a quien sucedió Lopez de Burgos en 1465 y continuaron los combates sangrientos. Tuvo que ir Fernando el Católico posteriormente para restablecer la paz definitivamente otorgando a Bilbao las mismas ordenanzas otorgadas poco antes a Vitoria y en 1483 acudió la reina catolica a jurar los fueros bajo el arbol de Guernica. En 1501 los Reyes católicos otorgaron la carta real a las encartaciones de Vizcaya, y extendiéndose esta misma ley al reino de Galicia, principado de Asturias y villas y tierras de Alava y Guipúzcoa. Los habitantes de Bayona y Biarritz sujetos al monarca inglés enviaron en 1351 a Juan Lopez de Salcedo, Diego Sánchez de Lupard y Martín Perez de Garitano, representantes de las marinas de Santander, Vizcaya y Guipúzcoa para formar el 1º de agosto un tratado de treguas. Los fueros vizcaínos se escribieron por primera vez en 1342 con las Odenanzas de la hermandad aprobadas en Guernica con objeto de vigorizar los resortes de la autoridad frente a los desafueros de los banderizos, ya que seguían produciéndose los saqueos de las bandas de vascos. Úlima edición por tellagorri fecha: 18/feb/06 a las 01:01. Razón: Corrección estética |
|
#9
|
|||
|
|||
|
CASA DE HARO
1. Íñigo López (Desconocida-1077) 2. Lope Iñíguez (1077-1093) 3. Diego López I de Haro (1093-1124) 4. Lope Díaz I de Haro (1124-1170) 5. Diego López II de Haro (1170-1214) 6. Lope Díaz II de Haro (1214-1236) 7. Diego López III de Haro (1237-1254) 8. Lope Díaz III de Haro (1254-1288) Guerra civil (1288-1295) 9. Diego López IV de Haro "El Intruso" (1295-1311) 10. María Díaz de Haro (1311-1325) (1ª Vez) CASA DE LARA 11. Juan "El Tuerto" (1325-1326) CASA DE HARO María Díaz de Haro (1326-1333) (2ª Vez) CASA DE BORGOÑA 12. Alfonso XI "El Justiciero" de Castilla (Usurpador) (1333-1334) CASA DE LARA 13. Juan Núñez de Lara (1334-1350) 14. Nuño de Lara (1351-1355) CASA DE BORGOÑA 15. Tello (1355-1369?) CASA DE TRASTÁMARA 16. Juan de Trastámara (1369?-1379) Unido a Castilla |
|
#10
|
|||
|
|||
|
CONDADO DE ÁLAVA -
Entre mediados de los siglos IX y X Álava y Castilla forman la marca defensiva oriental del reino astur para rechazar los continuos ataques perpetrados por los musulmanes, en ambos casos se le otorgó el gobierno del territorio a un conde. En 932 el condado de Álava es entregado al conde castellano Fernán González, quedando así unido a Castilla hasta que el rey navarro Sancho III el Mayor heredo ambos territorios. Desde 1029 hasta 1200, fecha de la conquista definitiva por castilla, el condado de Álava quedó integrado en la corona Navarra, aunque en 1179 el conde alavés fue apartado del cargo y el territorio dividido en Tenencias. 1. Vela Jiménez (h. 868-883) 2. Munio Vélaz (Mencionado en 919) 3. Álvaro Herramélliz (Mencionado entre 924-931) A Castilla (932-1029) 4. Munio González (h. 1030-1043) 5. Munio Muñoz (h. 1045-h. 1054) 6. Álvaro Díaz (Segunda mitad del s. XI) 7. Vela Ladrón (Mencionado en 1158) 8. Juan Vélaz (Mencionado en 1174-1179) |